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Ventana Abierta/Alberto Corona

Venezuela a pie: Churún Merú (IV Parte)

Venezuela a pie: Churún Merú (IV Parte)

Texto y foto por Alberto Corona 

En el sureste de Venezuela, en lo profundo del estado Bolívar, se encuentra una de las más espectaculares maravillas de la naturalaza y una de las metas turísticas más ambicionadas por quienes vistan la nación sudamericana.

   En su infinita variedad de recursos naturales y belleza paisajística sin igual, el Parque Nacional Canaima alberga al majestuoso Auyan-Tepuy o Montaña del Diablo de dos mil 400 metros de altura sobre el nivel del mar.

   Desde este imponente tepuy, voz indígena Pemón que significa montaña, salta al vacío una corriente de agua cristalina conocida como Churúm-Merún o Salto Angel, que con una caída de 979 metros es el más alto del planeta.

   El salto debe su nombre popular al aviador estadounidense James Crawford Angel quien lo mostró al mundo en el año 1937, aunque ya los nativos del lugar lo conocían, considerándolo un lugar sagrado y hogar de los dioses.

   Hay muchas maneras y vías de llegar a este sorprendente lugar, pero todas comienzan en la laguna Canaima, ubicada en el parque que lleva su nombre y desde donde este reportero partió a su encuentro.

   En nuestro caso, optamos por realizar la travesía a través del río Carrao, y aunque normalmente este viaje se hace en tres días, decidimos hacerlo en uno solo.

   Al día siguiente de nuestra llegada a Canaima y tras un descanso reparador y un abundante desayuno, pues la jornada que nos esperaba era de varias decenas de kilómetros, partimos a las 05:00 de la mañana (hora local).

   Con apenas lo indispensable para nuestro viaje, abordamos las curiaras o lanchas de un solo tronco ahuecado de madera autóctona y con un potente motor fuera de borda que nos llevarían hasta el salto, a la vez que nuestras expectativas aumentaban por segundo.

   Maniobrada por dos pemones, la curiara surca las aguas del Carrao y desde el primer instante nos comienza a deleitar el color de sus aguas ambarinas, zafiro o vinotinto que se entreteje con el verde de la selva que nos rodea.

   Desde allí pudimos contemplar un inolvidable amanecer viendo salir al sol entre varios tepuyes y apartar la neblina que hacia nuestro frente cubría algunos de estos grandes colosos.

   En la medida que avanzábamos podíamos apreciar toda la magnificencia de estas elevaciones, consideradas las rocas más antiguas de la geocronología del plantea, pertenecientes al período precámbico, cuya data se calcula entre mil 500 y dos mil millones de años. 

   Hogar de los dioses de la mitología indígena, de sus cumbres aplanadas y escarpadas paredes verticales de arenisca rosada o amarillenta descuelgan cientos de cataratas para conformar uno de los paisajes más sobrecogedores del mundo.

   Luego de unas dos horas de travesía, hicimos un alto para continuar viaje a pie y evitar de esa manera los peligrosos rápidos, que los guías tratarían de pasar para encontrarnos unos tres kilómetros río arriba.

   Caminamos por unos 40 minutos contemplando las bondades del lugar, para juntarnos con nuestra curiara, que nos transportó nuevamente por el río hasta el sitio esperado.

   Hacia el mediodía llegamos a la confluencia del Churún, por donde remontamos hasta llegar al pié del cerro que debíamos ascender para contemplar de cerca el Churún Merú.

   Una vez en isla ratón, desembarcamos y dejamos parte de nuestro equipaje en un campamento situado al pié de la montaña que debemos subir para contemplar de frente al objeto de nuestras penurias y alegrías.

   El ascenso es penoso pero tiene la mejor de todas las recompensas; ante nuestros ojos está la caída de agua más alta del mundo.

   La vista es impresionante y la llovizna producida por el salto refresca el calor producido por la subida. El agua cae estruendosamente convirtiéndose en finas gotas que el viento arrastra empapándolo todo.

   Su altura es tan grande que apenas se puede apreciar en toda su magnitud, pero que no deja lugar a dudas sobre su grandeza.

   Allí permanecemos por varios minutos admirando todo el esplendor del paisaje y una vez descansados, iniciamos el descenso para bañarnos en las heladas aguas del Churún.

   En el campamento, nuestros amigos los pemones nos preparan unos deliciosos pollos hechos en vara antes de devolvernos río abajo.

   De vez en cuando miramos hacia atrás para despedirnos del Churún Merú y prometernos que esta no será nuestra última visita.

   Ahora el paisaje y el recuerdo se entremezclan para decirnos que algunos lugares son sencillamente especiales, y este es el caso del Parque Nacional Canaima y su imponente Salto Angel.

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